Socialismo viene de “sociedad” (Tesis 3)

A principios del s. XIX, una vez iniciado el desmoronamiento en todo occidente del orden comunitario absolutista a raíz de los embates de la Revolución Francesa (muchos de ellos anticipados por la Revolución Americana), tres corrientes políticas -las tres, con algún matiz, basadas en nuevos conceptos nacidos de la propia revolución – empiezan a disputarse la hegemonía cultural, social e institucional en una lucha que dura hasta hoy en día y que es la que ha ido forjando el sistema socio-político híbrido en el que vivimos actualmente, en proporciones cambiantes en cada momento histórico según la correlación de fuerzas. Esta lucha tiene inicial y mayoritariamente su escenario en las pujantes ciudades donde cada vez hay más seres humanos que crean su identidad únicamente en referencia a sí mismos, como explicaba en la tesis 2, y por esta razón son los “ciudadanos” o “burgueses” quienes la protagonizan.
La primera corriente quiere construir un nuevo orden basado en la suficiencia del individuo emancipado de la comunidad, en su propia capacidad – que hay que facilitar y no entorpecer- para procurarse por sí mismo su bienestar y felicidad. Se trata de proteger el acceso y el mantenimiento de la propiedad y el patrimonio para todos los individuos, permitir al máximo la autorregulación de la vida social y económica y estimular el intercambio de las ideas, el trabajo y los productos. Es la corriente individualista, promotora del capitalismo pero también del liberalismo y ligada al positivismo científico (darwinismo social incluido).
La segunda quiere reconstruir la comunidad perdida como forma de dar sentido a la existencia humana y como marco para la organización de la prosperidad y la solidaridad entre los individuos que la forman. Algunos quieren hacerlo simplemente volviendo atrás, restaurando las jerarquías del antiguo régimen: son los retro-comunitaristas, monárquicos, tradicionalistas, conservadores i corporativistas. Pero la mayoría, los neo-comunitaristas lo plantean en base a nuevos conceptos aglutinadores, principalmente dos: la nación como denominación política del pueblo liberado del yugo feudal y re-unido (Napoleón es el primer nacionalista moderno) y la clase social como sujeto colectivo absolutamente determinante para todos y cada uno de los individuos [1] y para explicar la Historia de la humanidad (el comunismo sin clases es la máxima expresión de una comunidad igualitaria). El populismo, que reivindica la preeminencia del pueblo sobre las élites y enfrenta la “plaza” y el “palacio” como hilo conductor del patriotismo, es el cruce de estos dos neo-comunitarismos.
Finalmente, la tercera corriente, el societarismo aspira a que los individuos, en su condición de ciudadanos, quieran ser “socios” y formar la “sociedad” humana.
Hoy en nuestro lenguaje, “sociedad” es un concepto genérico que resulta impreciso en sus dos acepciones más habituales, ya sea la que designa cualquier forma humana de organización politico-económica, ya sea la que se contrapone a “Estado” y/o “Mercado”. Pero cuando nació para la política con la Ilustración, muy poco antes por tanto de dar sentido a su derivado “socialismo”, “sociedad” era un concepto mucho más explicativo y con unos contornos mucho más específicos, heredados de su sentido anterior (que también hoy en día permanece) y con voluntad de referir una forma concreta y nueva de organización humana. “Sociedad” (Societas en latin) pertenece a la familia lingüística de “socius” que los romanos utilizaban para nombrar al socio, al compañero y antes de todo al aliado. Por eso, durante siglos, “sociedad” tuvo el sentido de alianza, empresa comercial o compañía y finalmente el de asociación. Las tres, aun con objetivos diferentes, son formas de ser socios y tienen en común tres características que las hacen equivalentes: primero la voluntad y el consentimiento en crear la sociedad, segundo el vínculo y la relación simétrica que se establece entre ellos y tercero la claridad de las normas definidas en un convenio, contracto o unos estatutos sujetos al derecho.
Y es trasladando la “sociedad” de la relación entre particulares al espacio institucional como los ilustrados crean y denominan una nueva concepción de la organización política humana: la organización post-comunitaria que se aleja de la base étnica o de la identificación pueblo-territorio para ofrecer un ámbito de agregación entre individuos que voluntariamente y en pie de igualdad quieren compartir un contrato político (Rousseau lo llamaría directamente contrato social).[2]
El societarismo recoge este concepto renovado y lo convierte en el eje de su impulso modernizador bajo distintas formulaciones que incluyen el anarquismo, el mayoritario republicanismo (hasta la segunda guerra mundial) i el inicialmente minoritario socialismo. Las tres formulaciones prefieren hablar más de “hombre” que de “individuo” porque entienden que todas la individualidades tienen la misma “humanidad”, y aunque únicas están conformadas por materiales compartidos, inter-humanos. El societarismo instaura también la idea de lo “público” como contrapeso a lo “privado”. Público es lo que la individualidad (diferente, singular, propia) quiere hacer conjuntamente con los demás, sumando mientras que privado es lo que quiere mantener aislado, separado incluso de forma selectiva o exclusiva.
En definitiva, tres corrientes políticas construidas en base a tres maneras de entender la identidad: los comunitarismos basados en la identidad comunitaria, el individualismo en la identidad individualizada i el societarismo en la identidad inter-individual o inter-humana.[3]
Socialismo viene de “sociedad” porque el nuestro es el societarismo más radical, más comprometido en hacer realidad este nuevo concepto político en toda su extensión. Por un lado, el socialismo no quiere dejar fuera de la sociedad a nadie: todo el mundo, sea cual sea su condición, tiene derecho a conformarla, y esta es una premisa universal porque para los socialistas la patria de los humanos es la internacional, el mundo entero con toda la humanidad. Por otro lado, para nosotros el nuevo contrato político en el que habrá de fundarse la sociedad debe garantizar los derechos de todos los que la forman de manera formal y material, compartiendo poder y oportunidades pero también trabajo y riqueza.
Por ello, el socialismo se declina a la vez con los verbos asociarse (para participar y decidir) y socializar (para compartir y repartir) y no renuncia ni a ser un movimiento social que aglutina voluntades ni a ser una fuerza de gobierno que cambia leyes para conseguir que nuestros países y el mundo entero sean lo más parecidos a una “sociedad” de seres humanos libres e iguales de hecho y derecho.

[Este texto forma parte de la serie 15 tesis para un socialismo contemporáneo]
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[1] “El ser determina la consciencia” es la formulación marxista del comunitarismo.
[2]L’Encyclopédie habla de “sociéte” (humaine): milieu où les vertus du bien comun, de l’universalité et de l’égalité de nature trouven à s’exercer.
[3]Dicho con otras palabras, el individualismo se expresa con el yo, el comunitarismo con el nosotros y el societarimo con el todos.

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