Bibliografia de las 15 Tesis

Para llegar a las conclusiones expuestas en las 15 Tesis para un socialismo contemporáneo he trabajado y reflexionado a partir de muchas lecturas durante los últimos cinco años. A continuación relaciono, agrupandolas en tres categorías. El primer grupo lo forman las obras que han estado esenciales para formar mi posición teórica ya sea siguiendolas, reinterprentandolas o contradiciendolas. En el segundo grupo relaciono todas las demás lecturas que me han hecho profundizar, complementar o matizar mis ideas básicas. Finalmente, el tercero incorpora las obras que sólo he podido consultar o leer muy parcialmente.

Lecturas esenciales

  • ARENDT H., La condició humana, Barcelona, Ed 62, 2014
  • BAUMAN Z., Socialismo: la utopía activa, Buenos Aires, NUEVA VISION, 2012
  • BECK U. y BECK-GERNSHEIM E., La individualización, Barcelona, PAIDOS, 2003
  • BRANCA-ROSSOF S. et GUILHAUMON J., De société a socialisme: l’invention néologique et son contexte discursif, REVISTA da ABRALIN, vol 1, nº2, pp 11-52, 2002
  • ELAZAR D.J., Anàlisi del federalisme i altres textos, Barcelona, IEAutonòmics, 2011
  • HABERMAS J., Après l’Etat-nation, Paris, FAYARD, 2000
  • JULLIEN F., De lo universal, de lo uniforme, de lo común y del diálogo entre las culturas, Madrid, SIRUELA, 2010
  • MARRAMAO G., La pasión del presente, Barcelona, GEDISA, 2011
  • OVEJERO F., Proceso abierto, Barcelona, TUSQUETS, 2005
  • PEILLON V., Pierre Leroux et le socialisme républicain, Bordeaux, LE BORD DE L’EAU, 2003
  • ROSSANVALLON P., La sociedad de los iguales, Barcelona, RBA, 2012
  • TODOROV Tz., Le jardin imparfait, Paris, GRASSET, 1998
  • TÖNNIES F., Comunidad y asociación, Madrid, BIBLIOTECA NUEVA, 2011
  • WRIGHT E.O., Construyendo utopías reales, Madrid, AKAL, 2014

Otras lecturas

Obras consultadas

​La utopía societaria (Tesis 15 y última)

Emanciparse es liberarse de toda dominación, dejar atrás las privaciones y restricciones de la lucha por la supervivencia, no estar al servicio de nadie dependiendo de él exclusivamente.

Emanciparse es asumir el control de la propia vida y disponer de plena autonomía para la ejecución de la soberanía individual.

Emanciparse es alcanzar la dignidad de tener personalidad y consciencia, de ser sujeto y no objeto, de evitar la cosificación de ser un simple medio para otros. Emanciparse es poder ser activo y desplegar todas las potencialidades que la cultura humana pone a nuestra disposición.

Sin embargo, la emancipación solo puede ser inclusiva, de todos y para todos, porqué los recursos, las condiciones y las oportunidades que la hacen posible dependen de los demás. Una emancipación sin los demás  o a pesar de los demás en un modelo de atomización individual, y no digamos contra los demás, siempre engendra o es fruto de la competición (ganadores / perdedores) y el enfrentamiento, que la hacen, además de injusta, insostenible a corto o medio plazo [1].

En sentido inverso, la emancipación posible de derecho y de hecho, con los demás, pone automáticamente en juego la igualdad y la solidaridad: la igualdad resultante de reconocer que las necesidades, las opciones y la voluntad de todos tiene el mismo valor político y que por lo tanto se deben conjugar superando la jerarquización y homogeneización comunitarias, y la solidaridad imprescindible para que, en consecuencia, compartamos trabajo, riqueza, conocimiento y poder cooperando y codecidiendo.

Socialismo es pues emanciparse con los demás, creer que la propia emancipación se entrecruza con la de los demás y se convierte, por tanto, solamente imaginable haciendo de la asociación y la socialización los patrones que rijan las relaciones interhumanas, es decir, construyendo una auténtica “sociedad” entre todos los individuos para convivir “socialmente” en el sentido más esencial del término. Una “sociedad” humana que reconozca a todo el mundo y universalice el derecho a formar parte de ella, pero que pida la voluntad explícita o consentimiento para hacerlo y que se autoregule por unas normas conocidas y aceptadas. Una “sociedad” que garantice derechos pero necesite responsabilidad y compromiso. Una “sociedad” desprovista de designios o de transcendencia que sea un puro ejercicio colectivo de autogobernabilidad con plena consciencia y transparencia [2].

Por este motivo, el socialismo tanto ayer en sus orígenes como hoy después de dos siglos de luchas, pactos y gobiernos, es democratización-universalización de la “sociedad” para incluir a los trabajadores (y a todos los no poderosos) y abolir la explotación y la opresión y socialización de la democracia para evitar la exclusión asumiendo la singularidad de todas las individualidades humanas.

Sí, somos los demócratas sociales o socialdemócratas, somos los que defendemos para todo el mundo derechos políticos y derechos sociales, porqué creemos en la “sociedad” universal. Y tenemos un programa de transformación [3]  para intentar llegar a ella: a partir del convencimiento propio y del de los demás, legislar y desarrollar servicios públicos que conlleven democracia deliberativa, economía redistributiva y laborista, federalismo, europeísmo y cosmopolitismo, conscientes de que cada nuevo individuo y cada nueva generación son una hoja en blanco que solamente puede aprender a ser libre en base a la educación y a la memoria crítica [4].

Sabemos sin embargo que la “sociedad” socialista es un horizonte, un telos (proyecto) más que un nomos (normativa), una utopía que se vislumbra pero a la que nunca se llega. El magnetismo de este horizonte nunca alcanzado es lo que hace del socialismo una fuerza de cambio que no se para, que no se da nunca por satisfecha, una fuerza que no se conforma, crítica y autocrítica, orgullosa de lo que aporta pero siempre dispuesta a pensar que más puede aportar. Al mismo tiempo, la consciencia de esta condición de utopía es la que no nos deja sentir ninguna superioridad moral: el nuestro no es un modelo cerrado y perfecto, sino un conjunto de objetivos, valores y propuestas que en la organización social moderna y vigente que queremos cambiar debe convivir y mezclarse con otras, en una realidad política que ni es, ni será, ni queremos que sea pura. Las convicciones que nos alejan del relativismo, nos alejan también de sectarismos, anatemas y exclusiones.

Cuando a lo largo de la historia, los seres humanos y los pueblos han pensado sobre cómo evitar la decadencia personal o colectiva ante los retos de la vida y el paso del tiempo, siempre han encontrado dos respuestas excluyentes. Para unos, evitar la decadencia es conservar el orden existente, limitando las alteraciones. Para otros, lo contrario: evitar la decadencia es evolucionar, cambiar sucesivamente el orden existente por uno de nuevo. El socialismo forma parte de esta segunda forma de pensar y por ello propone desde el inicio de la modernidad evolucionar buscando acercarse al horizonte de la utopía societaria emancipadora.

[Este texto forma parte de la serie 15 tesis para un socialismo contemporáneo]

 


[1] La parábola de la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel es la formulación más conocida de esta limitación.

[2] El filósofo francés J.L. Nancy ve la “sociedad” como un agregado susceptible de organizar una existencia ni individual ni colectiva, sino pensada como el plural de los singulares.

[3] Es muy interesante el análisis de las teorías de la transformación social (rupturista, intersticial y simbiótica) que propone el sociólogo norteamericano E.O. Wright en su obra “Construyendo utopías reales”, donde asimila socialismo a poder social frente al poder económico y al poder Estado.

 

[4] Para el filósofo Tzvetan Todorov se trata de “liberarnos del esclavo que todos llevamos dentro”.

​Gobernar desde la oposición

Después de “por responsabilidad”, “por España” (que no podía estar sin Presupuestos!) y “para evitar unos resultados nefastos en unas futuras elecciones” el argumento más utilizado últimamente para justificar que el grupo parlamentario socialista permitiese la nueva investidura de Mariano Rajoy es que el PSOE se ha convertido en el partido clave del Congreso de los Diputados y que puede y está facilmente gobernando el país desde la oposición porqué todas las leyes e iniciativas parlamentarias se aprueban con sus votos, o bien pactando con el PP o bien sumando con el resto sin el PP.

Oír a un exvicepresidente del Gobierno y exsecretario general socialista afirmando que todo va mucho mejor (para los socialistas a nivel político y para toda la ciudadanía a nivel social) porqué el PSOE está gobernando desde la oposición y usando como grandes ejemplos acuerdos con la letra pequeña sobre el salario mínimo y sobre la resolución extrajudicial para la devolución de las cláusulas suelo de las hipotecas, me da escalofríos. Pero no decíamos que habíamos sacado nuestros peores resultados desde la Transición y que el PP tenía derecho a gobernar porqué era el partido más votado?

En una democracia parlamentaria como la española, el gobierno debe tener el apoyo del Parlamento por activa (mayoría absoluta o acuerdo de legislatura) o por pasiva (geometría variable o imposibilidad de acuerdos de toda la oposición) sino cae y da paso (vía moción de censura o vía elecciones) a quién lo tenga. Gobernar desde la oposición no es posible, como se comprobará en el debate de Presupuestos. Y es un contrasentido haber dejado constituir un gobierno para que después no pueda gobernar y quieras hacerlo tú en su lugar desde la oposición. Este es un escenario que solamente tiene tres posibles respuestas: o en realidad hay una mayoría alternativa de gobierno o hay un pacto encubierto gobierno-oposición o hay un desbarajuste (como pasa en el Parlament de Catalunya entre Junts pel Sí y la CUP).

Por supuesto la oposición puede hacer pactos puntuales o pactos de Estado en algunos temas con el gobierno pero por necesidad el gobierno debe gobernar y la oposición contradecirle y controlarle quedando claro su carácter alternativo. Y si se da un apoyo estratégico al gobierno facilitándole los Presupuestos o pactando sus leyes principales entonces de deja de estar en la oposición. Pero si se puede sostener una mayoría distinta para legislar contra el gobierno, entonces se debe presentar una moción de censura o asumir que el gobierno acabará convocando elecciones lo antes posible.

Por este motivo, porque gobernar desde la oposición es un sofismo, la aceptación de la gran coalición de facto, de un pacto PP-PSOE por pasiva o el compromiso de buscar una nueva mayoría de gobierno alrededor del PSOE con el actual Congreso de los Diputados o con nuevas elecciones es lo que está en juego en la elección del nuevo secretario/a general y de la nueva dirección de los socialistas españoles en el próximo proceso congresual y lo que debe centrar el debate entre los candidatos para que dejen clara su posición.

Apoyo sin reservas el “no es no”, es decir, evitar el pacto con el PP y en cambio buscar la mayoría para un gobierno de izquierdas presidido por un/a socialista y apoyaré el candidato/a que lo defienda más nítidamente y con más convicción. Nos va en ello a los socialistas, a mi parecer, toda nuestra credibilidad política y la posibilidad de mantener el liderazgo de la izquierda (¿Os imagináis que solo puedan formar gobierno PP o Podemos?). Pero, más importante, nos va a todos los ciudadanos y ciudadanas que tengamos un gobierno de España que finalmente aborde, con valentía y con criterios de redistribución para superar las desigualdades y al mismo tiempo, de reconocimiento de las diferencias para sentirnos más libres, los grandes retos colectivos y urgentes que nos interpelan: dualización de la ocupación y emigración juvenil, cambio de modelo productivo, fiscalidad justa, garantía de los servicios públicos del Estado del Bienestar, crisis del sistema energético, riesgo de nueva burbuja inmobiliaria y muy especialmente la grave situación abierta en Catalunya, y que questiona el estatu quo de toda España.

Para resolver de verdad todos estos grandes problemas ¿Debemos conformarnos con el falaz “gobernar desde la oposición”, con un apoyo vergonzante al gobierno del PP? Yo no me conformo. Yo quiero un gobierno de izquierdas, un gobierno socialista. Cambiemos el PSOE para cambiar España.

La ideología va por delante (Tesis 14)

La forma de organización humana vigente hoy (principalmente en Occidente), nuestro sistema social es la Modernidad. Modernidad en contraposición al “antiguo régimen”, que desaparece entre los siglos XVIII y XIX con la estocada de las revoluciones americana y francesa, y como tercera gran etapa de la historia después del período grecorromano y de la cristiandad [1].

Modernidad que se configura a partir, al mismo tiempo, de una metaideología compartida y presente en todos sus ámbitos y del sedimento híbrido que va dejando la pugna entre las ideologías que genera. La metaideología de la modernidad es el resultado de la Ilustración, es decir el predominio de la racionalidad, que es la que engendra la ciencia y la revolución técnico-industrial, y el nacimiento de la individualidad, que es la que vertebra las nuevas estructuras sociales poscomunitarias y da sentido a los derechos humanos [2]. Las ideologías de la modernidad son las que se inscriben en sus tres corrientes – individualismo, comunitarismo y societarismo – y se delimitan a partir de los valores de libertad (pluralismo y totalitarismo) y de igualdad (izquierda y derecha) como expliqué en las tesis 3 y 4.

El sistema social no es pues una maquinaria que está por encima de las voluntades humanas sino un entramado de ideología: las ideas son lo que mueve el mundo. Idea (del griego eidos que significa forma) es un pensamiento que anticipa la realización, que precede la materialización de las situaciones y las configura. Las ideas son la esencia del conocimiento y solamente se pueden presentar en forma de narración o relato, y por este motivo son lo que está detrás de cualquier teoría (en griego theoros, visión) y de cualquier forma de arte. Las ideas son la guía de la acción humana individual o colectiva (para vivir se necesitan ideas, para convivir se necesitan ideales).

Este es un planteamiento altamente controvertido y contestado por todos lados, por muchos argumentos que consideran, por ejemplo, que la ideología es siempre una representación falsa y falaz de la realidad para encubrir alguna forma de dominio o que el mundo se mueve por otros factores. Factores que nos superan, que nos trascienden como humanos (Dios, la Providencia o la Naturaleza hecha de leyes ecológicas y biológicas) o de los que la consciencia no se puede liberar (el ADN dónde todo está inscrito o las pulsiones e instintos del inconsciente) o que tienen prelación sobre el intelecto (el amor). Pero también factores fruto de invertir el razonamiento y hacer de las ideas y de la ideología la consecuencia y no la anticipación de la práctica, del desarrollo social efectivo, de las relaciones materiales y entonces son la Historia, la Economía, la Tecnología o la Demografía las que mueven el mundo o más mundanamente la voluntad de poder, de dominación, de gloria o el miedo y la autoconservación o el cálculo y el interés. Para otros, lo único que aporta cambio es la parte imprevista y siempre inherente a cualquier acción humana, un acontecimiento. Por su parte, el relativismo proclama el fin de la modernidad, de la autoafirmación de la razón (nos encontramos en la postmodernidad donde todo pensamiento es débil y en buena medida equivalente porqué ya no existe fundamentación universal posible) y por lo tanto de cualquier ideología con voluntad de determinar el futuro de nuestro mundo.

Más concretamente, el capitalismo se considera a sí mismo, y aparece mayoritariamente (demasiadas reflexiones críticas se lo conceden), como la estructura base del sistema de la modernidad en tanto que formulación coherente con lo que realmente pasa: todos somos homo economicus regidos por la ley invisible y de hierro de la oferta y la demanda porqué en última instancia el dinero, la disposición del capital es lo único que puede permitir la felicidad. Así, se hace omnipresente (puede ser a la vez la explicación del puritanismo austero y del consumismo hedonista) y expulsa cualquier otro planteamiento a la categoría de ideología periclitada, por irrealista y por irrealizable, y en último término antisistema.

Pero el capitalismo no es más que es la ideología neoliberal, una de las muchas compatibles con la modernidad, que con la globalización intenta adquirir una posición hegemónica. Y aunque el dinero (igual que el trabajo o la información) tenga más presencia en la modernidad que en la premodernidad [4] ni vivimos en una economía capitalista (sino de estado-y-mercado) ni el beneficio es el único valor existente (la identidad o la cooperación entre otros lo pueden substituir) y en cambio lo que se infiltra en todos lados son precisamente las ideas (casi todo lo que consumimos son objetos y servicios hipertransformados por el diseño y la idea del producto).

El socialismo cree que podemos y debemos decidir con qué ideas queremos vivir. El socialismo cree en la fuerza de las ideas, en su capacidad para liderar las agrupaciones humanas y para traer los cambios sociales. Ideas que ciertamente nacen del cerebro humano y siempre delimitadas por el lenguaje dónde se articulan y por el contexto de la época en la que surgen, pero al mismo tiempo siempre potencialmente infinitas y potencialmente portadoras de imaginación para ir más allá de la realidad.
Sin dogmatismo los y las socialistas pensamos que nuestras ideas son las mejores y nuestros ideales los más convenientes para convivir, pero también sabemos que no son las únicas posibles y que debemos contrastarlas en los procesos democráticos.
De esta convicción y del criterio ético del convencimiento (ver tesis 13) se deriva que no hay nada políticamente más relevante que el posicionamiento ideológico y que el combate de las ideas. Y es por este mismo motivo que el fundamento ideológico debe ir por delante en todas las propuestas políticas socialistas. El tacticismo desangra el socialismo.

El socialismo es una ideología de la modernidad. Una ideología que se diferencia y se opone a otras ideologías ( al capitalismo en particular) porque forma un conjunto consistente de ideas sociales y políticas, un programa global y a largo plazo hacia un horizonte concreto de cambio y mejora de las condiciones de la propia modernidad: una sociedad justa, una unión de seres humanos libres e iguales de derecho y de hecho todos distintos y todos interdependientes.

[Este texto forma parte de la serie 15 tesis para un socialismo contemporáneo]


[1] El pensador alemán U.Beck distingue dos fases de la modernidad: la modernidad industrial, estructurada y lineal, y la modernidad actual informacional o reflexiva, fluida y no lineal. Esta segunda es a la que llama sociedad del riesgo (y Z.Bauman modernidad líquida).

[2] Para la teoría general de sistemas del sociólogo alemán N.Luhman, lo que caracteriza la modernidad en contraposición al sistema de estratificación y jerarquía preexistente es un nuevo sistema de diferenciación funcional, es decir de convivencia con poca interdependencia por parte de subsistemas focalizados en abordar retos o problemas sociales (economía, política, ciencia, arte…) que se autorregulan y se autoreproducen.

[3] Esta es la tesis de H.Arendt que no quiere ni oír hablar de ideología (para ella, literalmente, la lógica de una Idea que lo aplasta todo) y que afirma “mejor vivir en la contradicción que en la ideología”.

[4] El estatus adquirido por nacimiento (o por matrimonio) relativizaba el rol social del dinero y la organización preindustrial limitaba el número de intercambios en los cuales se utilizaba (así como el trabajo no tenía ningún valor y la información circulaba con muchas dificultades).

Renta Básica Universal (RBU)

La RBU es una renta universal incondicionada, es decir, un ingreso mínimo de subsistencia para todo el mundo sin excepciones, en cualquier circunstancia desde que nacemos hasta que morimos y del que se dispone por el simple hecho de ser ciudadanos. La cuantía y el procedimiento de cobro pueden ser diversos, según se decida.

¿Una utopía? Puede ser, pero a mi me parece más bien un sueño, un sueño como muchos de los que hemos tenido los socialistas en el transcurso de los dos últimos siglos y que, después de largas luchas, tenacidad y convencimiento, se han hecho realidad. A estos sueños les llamamos derechos. Hemos soñado los derechos políticos (sufragio universal, expresión, manifestación), los derechos laborales (sindicatos, huelga, edad, jornada…), los derechos sociales del estado del bienestar (educación, sanidad, pensiones, cultura…) y los derechos civiles (aborto, matrimonio homosexual…) y hemos soñado la igualdad hombre-mujer. En todos ellos nos queda camino para recorrer pero, precisamente,¿Por qué no soñar ahora un derecho económico que los refuerce todos, que de alguna forma los culmine? Un derecho que nos empodere definitivamente como ciudadanos y como trabajadores, que haga completamente accesibles y compartidos los servicios públicos, que erradique la pobreza evitando la subsidiación, que nos acerque mucho más a la igualdad sin la que no puede existir la plena libertad. Este derecho es la RBU.

¿Es realmente posible? En nuestras sociedades hiperproductivas la riqueza suficiente existe sin ningún tipo de duda y nuestra capacidad creativa y tecnológica para mantenerla sin liquidar los recursos naturales, si existe voluntad colectiva, está acreditada. Solamente se deben desarrollar más los mecanismos fiscales, muy especialmente los internacionales, para redistribuir esta riqueza existente y potencial. Una redistribución que no será contraproducente para el crecimiento económico sino que, al contrario, lo estimulará, de la misma forma que lo hicieron el salario mínimo y las vacaciones pagadas, y lo retroalimentará aportando estabilidad y confianza como pasó con el pacto social del estado del bienestar. La clave es otra: el imprescindible y difícil consenso social y político, porqué su implementación es un reto ingente que implica cambios sociales estructurales. La RBU no es para mañana pero, si la mayoría cree en ella, es perfectamente posible. Debemos pues empezar a movernos si queremos llegar a ella algun día. (En este sentido, es muy positivo dar pasos que nos acerquen, como en su día se hizo con las pensiones no contributives y hoy se plantea con el ingreso mínimo vital para familias con pocos recursos).

Evidentemente, los primeros que debemos estar convencidos somos nosotros mismos. La RBU puede ser la respuesta solidaria y cooperativa sin paternalismos, nuestra respuesta socialista (lejos de individualismos neoliberales y de comunitarismos de todo orden) a la sensación de impotencia y de abandonamiento, al desconcierto social de muchos conciudadanos ante la primera gran crisis de la globalización. La RBU puede ser una nueva gran bandera socialista, muestra de voluntad y de convicción en transformar realmente la situación existente y referente de ilusión y esperanza. Una bandera necesaria porque, por el momento, solamente ondean las banderas del repliegue identitario grupal (independentismo, brexit, Trump…).

En definitiva, propongo que los socialistas hagamos un gran debate abierto sobe la RBU. Que más allá de pequeñas pinceladas como las que hemos hecho antes y durante el 13er Congreso del PSC pongamos en marcha una reflexión extensa y ampliamente compartida sobre el porqué, el cuándo, el cuánto, el quién y el cómo de la RBU. Decidamos lo que decidamos creo que puede sernos útil e interesante.

La ética del convencimiento (Tesis 13)

La acción política se fundamenta en la ética [1]. Lo político, es decir el conflicto interhumano inherente a su pluralidad, solo se puede abordar como política para delimitarlo, superarlo o representarlo a partir de criterios éticos. En las estructuras sociales orgánicas dónde la vida es funcional (se vive según la forma preestablecida que marca la posición que se ocupa) ética, moral [2] y política están soldadas, son únicas y completamente coherentes y consistentes entre sí, tres caras de un mismo patrón del bien y el mal. En las estructuras sociales abiertas, en cambio, dónde la vida son posibilidades y condicionamientos, elecciones y obligaciones (derechos y deberes) ética, moral y política son diversas y su interrelación puede ser relativa, parcial o solamente unidireccional, haciendo que el valor y la bondad de las acciones humanas sea un juicio compuesto y a posteriori.

La ética política socialista es la ética del convencimiento. Del convencimiento propio, íntimo que impide la acción política si no es coherente con las propias ideas y del convencimiento de los otros que impide imponerlas sin su acuerdo. Una ética política que no confronta convicciones y responsabilidad [3] y que está tan alejada de la ética de las finalidades últimas que todo lo subordina a una Verdad y se autoimpone obediencia y sacrificio además de combate contra el enemigo y indiferencia ante el extraño como de la ética del poder que todo lo relativiza en función de su obtención o su continuidad y que ve la política como una lucha encarnizada de suma cero, de ganadores y perdedores o de la ética individualista del vive y deja vivir.

Esta posición ética tiene dos presupuestos fuertes sobre la condición humana y dos consecuencias políticas también radicales.

El primer presupuesto es la consideración que el ser humano no es por naturaleza ni egoísta ni altruista sino que es ambas cosas al mismo tiempo (o alternativamente) y así la ética no es ni una mordaza ni una perversión de los instintos humanos primarios que la colectividad impone a los individuos sino una autoconstrución racional propia (quizás compartida) y por lo tanto frágil y siempre sometida a revisión. El segundo presupuesto es el de la dignidad. En el sentido pasivo kantiano, es decir que solamente se es digno de la condición humana si uno se tiene a sí mismo como fin (se propone fines y proyectos para sí) y si no es nunca solamente un medio para los otros ni para uno mismo, pero también en el sentido activo de que la dignidad son las condiciones de vida dignas. Formulado a la inversa: toda dominación (humiliación, degradación, explotación de cualquier tipo) y toda discriminación son intolerables. La vocación de convencimiento nace entonces del reconocimiento en el otro de la propia dignidad y de la propia capacidad de reflexión ética.

En el otro extremo del razonamiento, la ética del convencimiento conlleva por un lado la lógica aceptación de la discrepancia, de la oposición y de la desobediencia (asumiendo las consecuencias) pero no de ninguna superioridad ética ni de ninguna legitimidad superior a la legalidad democrática y por otro lado comporta el rechazo sin matices de cualquier forma de corrupción política (nepotismo, soborno, prevaricación…) no por razones de ejemplaridad sino porque pervierte el funcionamiento y las reglas del juego democrático, porque es hacer trampas.

En términos concretos de buen gobierno, de gobierno que reúne plenamente su doble función de delegación y representatividad, la ética política del convencimiento se puede desplegar en 6 principios normativos:

Llevar la iniciativa, el liderazgo para cambiar las situaciones
Cumplir el pacto electoral con la ciudadania
Tener sensibilidad y respeto hacia todas las opiniones pero contestar todas las discrepancias
Buscar capacidad y competencia para comprender y hacerse comprender
Dar explicaciones dotándolas de sentido político
Hacerse cargo de los problemas, asumir las consecuencias, dimitir si es necesario

Seis principios que siempre, en la acción de gobierno y más allá del gobierno en cualquier acción política, quedan traspasados por dos predisposiciones que les son consubstanciales: la pasión cívica, es decir tener ideales, compromiso, implicación para defenderlos y el coraje cívico [4], es decir valentía para no permitir que la fuerza o la intimidación se impongan.

En definitiva, para los y las socialistas poder es convencer. Convencer estando convencido. Convencer a partir de nuestras razones y nuestros proyectos y desde la emoción que nos hacen sentir la esperanza en un mundo más justo y la fraternidad hacia el género humano. Y convencer mostrando total correspondencia entre discurso y práctica, entre ideas y actos.

[Este texto forma parte de la serie 15 tesis para un socialismo contemporáneo]


[1] El marxismo y muchos filósofos contemporáneos, con H.Arendt a la cabeza, se oponen a esta idea clásica y kantiana. Ya sea porque no admiten ningún fundamento o porque lo encuentran en la estética antes que en la ética (Arendt) o en la ciencia social antes que en los valores (Marx).

[2] Moral (del latín mors, moris que significa costumbre) es el conjunto de normas de comportamiento social que forman una autoridad intersubjetiva frente a la autoridad interior y subjetiva de la conciencia o a la autoridad objetiva y positiva de las instituciones y la ley.

[3] El sociólogo alemán M. Weber formula la oposición más conocida de la ética política entre convicciones y responsabilidad (consecuencias) en su conferencia “La política cómo vocación” pronunciada durante el invierno revolucionario de 1919.

[4] Este es un concepto tomado de los filósofos húngaros A.Heller y F.Feher.

Balance de unas primarias abiertas

Los y las socialistas fuimos los primeros en atrevernos a poner en marcha procesos de primarias a cargos orgánicos o para encabezar las candidaturas electorales y afortunadamente se están consolidando. Para contribuir a evaluar su funcionamiento he escrito este balance de las primarias a la alcaldía de Barcelona (mayo 2014) que viví en primera línea como primer secretario del PSC-BCN, ahora que el tiempo les ha dado perspectiva.

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Los cambios empiezan en Barcelona

El Congreso del invierno de 2012 del PSC de Barcelona decidió, y con esta decisión mandató a la Comisión Ejecutiva de la Federación, que el candidato o candidata a las elecciones municipales 2015 fuera escogido por el sistema de primarias de acuerdo con lo que ya preveían los nuevos Estatutos del PSC aprobados en noviembre de 2011 para la elección del candidato/a a la Presidencia de la Generalitat.  A pesar de la derrota electoral, habíamos valorado positivamente las votaciones internas Hereu-Tura de un año antes porqué nos permitieron recuperar la iniciativa política poco antes de las eleciones y reforzaron a nuestro candidato J.Hereu con una gran credibilidad democrática. A la vez, sacudida por el resultado adverso, la Federación socialista de Barcelona apostó fuertemente por cambiar a fondo los mecanismos de relación y interlocución con la ciudadanía y las entidades sociales aprobando el proyecto partido abierto basado en la proximidad a los barrios y el uso sistemático y generalizado de las posibilidades que ofrecen las redes sociales e internet en general.

Como síntesis de estas dos estrategias, la Comisión Ejecutiva recogió en su plan de trabajo la propuesta de primarias abiertas siguiendo el modelo francés o italiano, convirtiendo este proceso de primarias en una de las palancas principales para la recuperación municipal socialista. Sería un proceso integral, de larga duración que invitaría a todos los ciudadanos y ciudadanas progresistas de Barcelona a construir con nosotros un nuevo programa y en paralelo y en coherencia a participar también en la designación de nuestro cabeza de lista y alcaldable.

Esta experiencia de dos años (Marzo 2012-Abril 2014) de los y las socialistas barceloneses permitió el diseño y ejecución de un auténtico proceso de primarias abiertas como nunca se había hecho y aún no se ha vuelto a hacer en Cataluña. Me propongo simplemente centrar y resumir los rasgos principales de las Primarias Socialistas de Barcelona-Municipales 2015 en las que intervinieron para hacerlas posibles de forma absolutamente voluntaria tantos compañeros y compañeros, amigos y amigas. Gracias a todos ellos y ellas y también a todos los que (más de 9.400) con su voto respondieron a nuestra llamada.

Dos grandes razones encuadran y justifican el modelo de primarias que tiramos adelante. La primera era la necesidad de dar nuestra respuesta, siguiendo nuestra forma de entender la ciudad, a la crisis democrática, de confianza en las instituciones y la política, que se produjo derivada de la crisis económica. Nuestra Barcelona -innovadora, dinámica, abierta – no rehuye o tapa los problemas sino que los enfrenta : si la política está en crisis, si la legitimidad de los partidos para representar la ciudadania está en cuestión, nos toca cambiar y demostrarlo, los socialistas los primeros. Y si hace falta, arriesgando y ante todo sin reservas, de verdad. Las primarias abiertas encarnan, representan y fuerzan, si se emprenden con toda su amplitud, este gran cambio en la forma de hacer y entender los partidos y la política.

La segunda razón era obviamente la voluntad de abrir una nueva etapa política en el PSC de Barcelona. Por primera vez en la oposición desde el final de la dictadura, necesitábamos volver a empezar, buscar de nuevo nuestro espacio político, reagrupar fuerzas y enseñar claramente que queríamos liderar las recuperación del gobierno municipal para la izquierda. Las primarias abiertas nos permitían reconstruir nuestras posiciones partiendo de un diálogo ciudadano sostenido en el tiempo y de un nuevo liderazgo conocido ya de entrada, con propuestas para Barcelona encima de la mesa e investido de la fuerza y la legitimidad de haberse forjado en unas elecciones lo más parecidas a las municipales. El proceso de primarias dotaba a la vez al conjunto del partido de una hoja de ruta y de un reto colectivo que le volvían a dar la centralidad que le correspondía en la nueva etapa frente a la omnipresencia de sus responsabilidades institucionales que, con toda justificación, se daba hasta entonces.

En definitiva, el contexto social y político (tanto externo como interno) daban sentido a la decisión del Congreso y la Comisión Ejecutiva se puso en marcha inmediatamente para definir y concretar un proceso en 3 fases, de forma compartida con todas las Agrupaciones de la Federación y todos aquellos militantes que lo quisieran: aprendizaje de otras experiencias, elaboración del Reglamento y desarrollo de las votaciones, el todo enmarcado en un calendario general aprobado al inicio que también incluía las etapas del debate programático.

El diseño del proceso comportaba cuatro aspectos clave que le daban una singularidad propia, adaptada específicamente a Barcelona, al momento político y al hecho que fuese la primera vez que se hacía en nuestro país y que, por lo tanto, no hubiese ninguna cultura de primarias abiertas ni dentro ni fuera del partido. Lo primero era la fecha de las votaciones: decidimos que tuvieran lugar justamente un año antes de las elecciones para disponer de un liderazgo político claro, incuestionado  y con tiempo suficiente para darse a conocer a todos los sectores y a todos los barrios al mismo tiempo que podía dirigir la política institucional hasta el final del mandato e identificarse plenamente con el ámbito municipal, si es que no lo estaba. Lo segundo era el doble aval garantizaba necesario para obtener la condición de candidato: el aval interno garantía que nadie acabase usurpando la representación socialista de Barcelona y al mismo tiempo mantenía un alto grado de decisión y responsabilidad en los militantes pero el aval externo (entre 1000 y 1500 firmas contrastadas) demostraba que los candidatos no eran solamente de partido sino plenamente ciudadanos y barceloneses. La recogida de avales externos se convertiría también en una prueba de la apertura real del proceso y en una precampaña no competitiva que daba a conocer a la opinión pública la existencia de las primarias y facilitaba un mínimo de participación en las votaciones posteriores. El tercer aspecto fue vincular el debate de personas y el debate de programa: se trataba de dejar claro que un proyecto político no solo son las personas que lo encarnan sino fundamentalmente las ideas que defiende y en el caso de la política municipal aún más porque los valores generales que se asocian a los partidos deben concretar en un modelo de ciudad actualizado para cada momento. Por eso el proceso de primarias también incorporaba tres grandes convenciones abiertas (Escuchar, Dialogar, Acordar) para ir debatiendo con vecinos y vecinas y entidades sociales los elementos nuevos y troncales de nuestro proyecto para Barcelona que cualquier candidato electo debería representar. Las convenciones servirían, al mismo tiempo, para marcar las citas intermedias del proceso y darle también otro tipo de visibilidad. Finalmente, y como cuarto aspecto específico, cabe destacar la decisión de hacer la elección a dos vueltas sistema corregido (pasan a segunda vuelta solamente los dos candidatos mas votados de la primera vuelta exceptuando el caso en que uno de ellos obtenga más del 40% y el segundo se quede por debajo del 30% siendo entonces automáticamente elegido el primero): la segunda vuelta parecía imprescindible para que el candidato tuviera un amplio apoyo y quedase legítimamente investido a los ojos de todo el mundo con el liderazgo necesario para afrontar el combate con el resto de fuerzas políticas mientras que la corrección era para evitar, un caso muy improbable con la presencia de 6 precandidatos como pasó, una repetición de las votaciones (con todo lo que eso conlleva de esfuerzos y gastos) si el resultado era muy obvio. Un sistema a una vuelta hubiese tenido dos posibles efectos contraproducentes: limitar el número de aspirantes, disminuyendo así la expresión de la pluralidad del socialismo barcelonés y el carácter plenamente abierto de las primarias, y haber designado un candidato/a con un margen demasiado estrecho sobre otro competidor.

Al final, el balance colectivo hecho en el Congreso de mayo de 2014 justo después del proceso y el que se puede hacer ahora con un poco más de distancia es básicamente positivo. Pese a las incertidumbres y dudas iniciales de la organización, la gran implicación final de todas las agrupaciones y de la inmensa mayoría de la militancia son el síntoma de que la propuesta cogió la importancia política esperada y de que sirvió para mantener un alto nivel de actividad interna sin caer en ningún momento en tensiones innecesarias y aún menos en rupturas: los que han dejado el PSC no lo han hecho en razón de las primarias sino por discrepancias ideológicas previas. El funcionamiento propiamente dicho de las primarias, a nivel logístico y organizativo, y la participación (9443 personas distintas votaron entre las 2 vueltas) se puede decir sin engañarse que fueron un éxito y a la luz de otros procesos de primarias recientes, la afirmación aún se justifica más. También fue muy alta la simpatía ciudadana que despertó el proceso de primarias, sobretodo entre los electores progresistas, y que quedó demostrada en la relativa facilidad con la que consiguieron hasta los 1500 avales externos todas las pre-candidaturas que pasaron el corte de avales internos.

Sin embargo es evidente que el impacto político sobre nuestra trayectoria fue, al menos a corto plazo, menor del pensado. Las expectativas de nuclear la alternativa de izquierdas en el Ayuntamiento de Barcelona alrededor de nuestra fuerza política no se han cumplido y las intenciones de voto municipales parecen responder mucho más a otros factores que al debate barcelonés en el cual queríamos centrar nuestra estrategia. En definitiva, no conseguimos volver el debate político al ámbito municipal, nuestra apuesta contracorriente del soberanismo y del debate nacional no cogió la suficiente fuerza a pesar de toda la voluntad colectiva.
En cualquier caso y como reflexión final, me quedo con una idea que nuestro proceso de primarias abiertas ejemplifica perfectamente: los cambios, los del PSC y los de la sociedad catalana, empiezan en Barcelona. La personalidad propia de los socialistas barceloneses (32 años de transformaciones urbanas y sociales reales lo acreditan) es y será la garantía que los nuevos proyectos y planteamientos que nuestra ciudad y nuestro país necesitan empiecen a hacerse realidad en Barcelona.